Año 4 - Número 36

Felicidad obligatoria

La fórmula de la felicidad

Por Hugo Caligaris

Nos inducen todo el tiempo a ser felices, a disfrutar, a ilusionarnos. Peor sería todo lo contrario. Sepa cuál es la fórmula de la felicidad en términos pitagóricos y se sentirá mejor que nunca.

Dijo el ex presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy: "Se puede engañar a algunos todo el tiempo y se puede engañar a pocos muchos tiempo, pero es imposible engañar a todos todo el tiempo".

Decirlo lo puso de buen humor, pues pensó que sólo un genio puede unir verdad y belleza en una frase corta, universal e inolvidable, y pensó que ese genio era él. Cuando ya estaba seguro de que nada podría borrarle la sonrisa de la cara, un francotirador sin alma le quitó la vida y John Fitzgerald Kennedy entró en una crisis depresiva de la que todavía no ha logrado reponerse.

Ha llegado incluso a preguntarse, viéndolo actuar a Bush, si su aforismo era tan inteligente como él creía, especialmente desde que Bush fue reelegido. Y hace bien en dudar, porque hay engaños políticos que si bien no duran "todo el tiempo", ya que como unidad de medida "todo el tiempo" es un poquito inabarcable, pueden durar mucho, muchísimo tiempo, y que si bien no engañan a "todos", ya que siempre hay radicales libres y desengañados sueltos, engañan a la cantidad suficiente de personas para seguir teniendo la sartén por el mango.

Sin embargo, la frase sigue siendo irrebatible si se le da un sentido filosófico aplicado a nuestro tema del día: esa obligación de estar siempre con el ánimo bien arriba, siempre optimistas, siempre felices, que parece una orden social que incluye a los que la obedecen y descarta a los desobedientes por aguafiestas y por infelices.

Para los que acosan al prójimo con la pregunta: "¿Todo bien?" y esperan la respuesta de rutina, se repite a continuación la estupenda frase de Kennedy: "Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a pocos mucho tiempo, pero es imposible engañar a todos todo el tiempo". El que contesta "sí", o, más aún, el que eleva la apuesta diciendo "maravillosamente, bien, todo estupendo" a la pregunta "¿Todo bien?" debe saber que no podrá engañar indefinidamente a la multitud de pequeños yos que conforman su personalidad, muchos de los cuales se encuentran en ese preciso instante elaborando planes suicidas dentro suyo.

Todos no podrán ser engañados todo el tiempo, aunque tal vez convenga engañar a unos pocos yos durante mucho tiempo y a otros todo el tiempo, o al menos la mayor cantidad de tiempo que sea posible, tal como se verá más adelante.

El mandato social
El hecho de que estar o al menos parecer siempre contento sea un mandato social no es un invento: lo expresa el anunciante que cada sábado repite página tras página a los lectores de los diarios que deben ser felices y que sólo lo serán con un televisor de plasma de cuarenta pulgadas; lo firma como un cheque en blanco el ministro de Salud cuando promete vida eterna a los que dejen el tabaco; lo transmite la chica que vende entradas en el cine de shopping cuando le desea al comprador que disfrute de su película, aunque la película sea un documental sobre los campos de concentración y para disfrutar de ella haya que ser un monstruo, y lo sanciona con fuerza de ley el conductor televisivo que toma como una cuestión de honor el verduguear a los concursantes melancólicos.

Esa inducción constante a la felicidad... está muy bien.

¿Qué quieren, que el ministro recomiende fumar sin pausa con el objeto de que su pueblo se le muera antes y que la vendedora de entradas le diga al futuro espectador: "Espero que al promediar la proyección se arrepienta usted de haber nacido"? Todavía no se ha podido establecer el sentido de un aviso que diga: "Tenga en cuenta que su vida no cambiaría en lo más mínimo en el caso de que aceptara usted entregarnos la cifra exorbitante que le estamos pidiendo por la compra de este ridículo aparato".

No: tiene muchísimo más sentido que unos a otros se empujen hacia la senda de la felicidad, tratando de que unos y otros crean que el fin de semana será inolvidable y que el celular con MP3 y video incorporado nos hará indestructibles.

Eso sí: para que el engaño funcione no se debe perder nunca de vista que la felicidad es nada más que una ilusión, es decir, la imagen formada en la mente de una cosa inexistente que se toma como real.

Lamentablemente la mayor parte de las veces se pierde de vista que la felicidad es nada más que una ilusión, es decir, la imagen formada en la mente de una cosa inexistente que se toma como real, y lamentablemente, en consecuencia, el engaño no funciona tan bien como debiera.

¿Por qué? La respuesta se encuentra en el teorema de Kennedy.

"No se puede engañar a todos todo el tiempo."

En cualquier momento algún eterno engañado recordará que de aquí salimos todos muertos, tomando la expresión "de aquí" en su sentido planetario y galáctico, desde los puntos de vista espiritual y físico, y la expresión "todos" en su sentido de "todos, sin excepción alguna conocida".

¿A qué viene -se preguntará el desengañado- tanta risa cuando en cualquier momento me llevarán cabeza arriba a visitar desde su inicio el ciclo reproductivo de las papas? ¿De qué sirve -se preguntará otra vez- tanto luchar y luchar por la vida cuando se sabe de antemano que la batalla está perdida?

En esa hora crucial del desengaño el desengañado, elevando los puños al cielo, jurará que nunca más se va a reír, que no se dejará engañar otra vez por la ilusión. Y sin embargo no podrá respetar su juramento de ninguna manera, a menos que se muera poco tiempo después de hacerlo, en la flor de la edad y con toda la vida por delante, ya que no es posible vivir cuando a cada minuto se recuerda que de aquí vamos a salir todos muertos y que cada minuto que pasa nos pone un minuto más lejos de la entrada y un minuto más cerca de la salida. ¡Y que no hay forma de parar la rueda!

No se puede vivir así. Al rato el engañado pedirá a gritos que vuelvan a engañarlo y aceptará engañarse a sí mismo con todo placer y detalle en caso de que no venga nadie a ayudarlo. Y vivirá felizmente engañado hasta la próxima falla del sistema, hasta el siguiente y necesario desengaño, pues debería comportarse como después de una lobotomía si no recordara de vez en cuando que su mejor destino es ser incinerado.

(Inevitablemente, estamos llegando poco a poco de este modo al enunciado de la fórmula de la felicidad.)

Ilusión y desengaño
"Un poeta es a la vez Atlántico y león. El uno nos ahoga, el otro nos roe. Si sobrevivimos a los dientes, sucumbimos a las olas", dice Virginia Woolf en su novela "Orlando". "Un hombre destructor de ilusiones es a un tiempo fiera y diluvio. Las ilusiones son al alma lo que la atmósfera es a la tierra. Destruid ese tierno aire y muere la planta, palidece el color. La tierra que pisamos es un rescoldo. Pisamos un erial y nos lastiman los pies guijarros candentes. La verdad nos deshace, el despertar nos mata..."

Tal vez no venga al caso la cita de la expresión "fiera y diluvio", aunque algo tiene que ver con nuestra tesis: se trata de una concesión a la ilusión de la belleza. Pero el resto de la cita no se podrá negar que viene como anillo al dedo. ¡Es para sentirse orgulloso el haberla encontrado dentro del fárrago de todo lo escrito, ya que puede inducir al que lee al engaño de pensar que las lecturas del autor, y por consiguiente las suyas, son inagotables e infinitas!

Dice Virginia Woolf: "Las ilusiones son al alma lo que la atmósfera es a la tierra". Y están relacionadas siempre con cosas positivas, porque difícilmente se ilusione uno con un embargo judicial, una operación de intestino grueso, la lectura de los discursos completos del comandante Chávez o el nuevo ciclo de investigaciones periodísticas que anuncia Canal 7.

No, la ilusión es un vendedor ambulante vestido de rosa y cada cual le compra lo que quiere: sueños de libertad o una procesadora, una carrera de pintor como la de Picasso o una excursión de quince días al Caribe, una victoria de la selección o que dejen en paz al Líbano, un negocio brillante o entradas para ver a Robbie Williams. Qué, depende de la grandeza de alma o del humor de cada uno, pero algo hay que comprarle para seguir vivo. Pero, salvo que uno sea de verdad Picasso o Ehud Olmert, el efecto de lo que se compra no tendría que durar para siempre y cumplido un ciclo relativamente corto o largo haría falta comprar una ilusión distinta, o algo más de la misma, porque -¿recuerdan?- es imposible engañar a todos todo el tiempo.

Quien crea ver aquí una concepción mercantilista de la felicidad encontrará más argumentos al leer esta fórmula: "El cuadrado de la felicidad equivale a la suma de los cuadrados de la ilusión y el desengaño".

Es una fórmula inspirada en Pitágoras, por eso los cuadrados, que de otra forma no tendrían sentido, pero es una fórmula efectiva. El que la aplique minuciosamente encontrará la felicidad sin necesidad de estar gritando todo el tiempo: "¡La he pasado muy bien!", porque en el momento de sumar y de multiplicar recordará que todo es pasajero. Y sin embargo querrá más, y seguirá multiplicando y añadiendo momentos de ilusión colorida y días grises hasta que el sol se apague y el último engañado se haya ido.

 
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