Año 4 - Número 36

Felicidad obligatoria

PRIMERA PARTE

Psicoanálisis y derecho

Debate con Juan Dobón y Eugenio Zaffaroni

Moderador: Ricardo Coler – Esther Cross

Tal como ya hicimos con la filosofía y el psicoanálisis, ahora ponemos a conversar al psicoanálisis junto al derecho. Para eso contamos con dos especialistas: el psicoanalista Juan Dobón y el juez de la Corte Suprema de Justicia, Eugenio Raúl Zaffaroni.

Moderador: El psicoanálisis suele utilizar en los textos, en su enseñanza y en su práctica algunas palabras provenientes del lenguaje jurídico. Sin embargo, ambas disciplinas le otorgan a estos términos significados diferentes, conceptos diferentes, como si fueran dos sistemas de pensamiento que no siempre coinciden. Un buen ejemplo es el término “ley”-en su sentido general y particular-, tanto en lo que hace al lazo social como a cada sujeto en particular.

Zaffaroni : Para nuestra tradición —europea- continental—, la ley es un objeto de interpretación, un objeto de conocimiento del derecho. El derecho se convierte cada vez más en un saber y la ley es el objeto de ese saber. En algún momento pudo haber algún contacto con lo que entiende el psicoanálisis por ley y —aunque suene paradójico— eso ocurrió en los tiempos del naturalismo, con una ley que estaba por encima de la ley escrita, de la humana. Vale aclarar que no hubo un solo naturalismo y que puede hablarse de un naturalismo atomista, liberal, luterano. Hoy la discusión del naturalismo y positivismo ha perdido gran parte del sentido práctico y lo ha perdido por efecto de la consagración legal, de lo que antes se consideraban principios derivados de la razón ó del derecho natural. Y esto ocurre tanto a nivel nacional como internacional.

El drama que plantea siempre la ley está planteado desde los griegos, me refiero al drama de Antígona. La ley, la obligación, y las contradicciones que eso implica.

Moderador : ¿Hay algún punto en el que la ley deba detenerse, un punto en el que no tiene nada para decir? ¿Hay un momento en el que legislador debe dejar de legislar?

Zaffaroni : Ese es el problema de Antígona: el límite del legislador. Hasta qué punto el legislador puede chocar contra lo que decidió alguien bajo su propia conciencia. Toda la lucha de Occidente, que ha costado millones de muertes, ha sido por establecer un dique, una diferencia entre el pecado y el delito. Entre la moral y el derecho. Pero el problema de los límites al legislador ha perdido bastante sentido práctico desde el momento en que el límite y el legislador se establecen desde la misma ley. Pero supongamos que un día todo esto desapareciera, ¿hay un límite para el legislador?

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, no existía una legislación entre los países; por otra parte, las constituciones, como la de Weimar, eran endebles. Era una época de resurgimiento de lo natural y de búsqueda de límites al legislador. Personalmente creo que el legislador tiene un límite. Podríamos hablar de dos límites. El primero sería el de la persona. Es un límite que, de no existir la fuerza jurídica, podría transformarse en una fuerza física. La pared que le ponen delante a una persona regula su conducta pero de ninguna forma es una ley. Es apenas un impedimento físico. El segundo límite sería de carácter práctico. A la ley hay que interpretarla, y el legislador está vinculado a un mundo real ya que no puede crear conceptos jurídicos que se separen de lo óntico, porque si no terminaría regulando cualquier cosa. La vaca es la vaca y el melón es el melón. El legislador debe vincularse con el mundo y no andar como un esquizofrénico regulando cualquier cosa. Si definimos jurídicamente a la vaca y la vaca jurídica es un perro negro que aúlla en la estepa, el problema es que voy a mandar a un juez a ordeñar un lobo. Esa sería separarlo del mundo y es lo que llamo el segundo límite del legislador.

Dobón . Desde el punto de vista del psicoanálisis, el concepto de ley es mucho más limitado, y creo que tiene que ver con el momento en que surge el psicoanálisis y con las influencias que pesaban sobre Freud. Cuando empezó a pensar la ley —en sentido estricto para el campo analítico— estaba en una suerte de interlocución tácita y critica con el jurista Kelsen. La concepción de ley quedaba planteada como norma fundamental y fundante de la estructura psíquica, teñida por el pensamiento kelseniano. Tal como lo precisaba aquel maestro de la Filosofía del derecho, Enrique Marí. La ley para Freud mostraba sus dos caras normativas y ordenadora por una parte y su función coercitiva y aun punitiva al velar las decisiones y conductas, como Conciencia Moral.

Freud planteó dos orígenes míticos para la ley. La vertiente heredera del pensamiento religioso judeo-cristiano por un lado y por el otro la conciencia moral de espíritu filosófico herencia de la corriente alemana, relacionada con Schopenhauer y Kant. Entonces, en aquel tiempo de sus escritos tales como Moisés y el monoteísmo o el Malestar en la cultura, piensa la instancia de la ley en clave moral, frente al embate de las pasiones humanas, como norma reguladora. A posteriori, los post- freudianos llevaron esto a una especie de positivización de la ley, y homologaron linealmente —por desconocimiento o ideología—, la ley a la ley jurídica. Recién con la escuela francesa, influida por Foucault y Lacan, se empezó a cuestionar este concepto y emergieron algunas relaciones “no naturales” entre la ley jurídica y sus lazos con la verdad. Se establecen al menos dos instancias psíquicas que definen y relacionan con nuestro concepto de ley. Ambas ligadas a la Función del Padre -Padre como función más allá de su presencia en la realidad o cualquier tipo de paternalismo-. Una instancia la del Superyo como portadora de un mandato imposible. Decimos imposible, dado que por un lado nos conmina a “gozar”, mientras que como conciencia moral vela y es punitiva ante los excesos. Por ende siempre sujeta a su interpretación. La otra instancia en la que incide su lazo con la ley es la función del Nombre del Padre, que articula ley y deseo, ordena el linaje y la transmisión en las generaciones y entre otras cuestiones es dadora también de un ordenamiento en sus lazos sociales.

Particularmente creo que esta “no” relación entre nuestros conceptos de ley debe trabajarse con prudencia. Al sostener que no son lineales debemos pensar que tienen relación de vecindad topológica, casi como esos vecinos que cuando los necesitas no están, pero otras son bastante invasivos. Es una vecindad incómoda para ambos discursos. Es una relación con torsiones sin correspondencia directa punto a punto. Cuando se apresuran conclusiones se arrasa la clínica y al paciente. Postular por ejemplo, que un sujeto psicótico presenta una estructuración diferente de su organización y realidad psíquica, entre ellas la operatividad de la función de la ley-en clave analítica-, es un hecho verificable. Pero esto no lo exime como sujeto, de ser responsable de sus dichos y acciones. No se trata de alegar como los positivistas a priori, el desconocimiento de la ley por ser psicótico ni tampoco degradarlo a ser un ciudadano des-responsabilizado. Es tan peligrosamente ingenuo como suponer que por ser psicotico desconoce toda norma social, de urbanismo o aun jurídica. Excelentes ciudadanos y aun funcionarios son espléndidos psicóticos Cada caso nos enseña esta diferencia y su aplicación.

Una segunda paradoja se refiere al ordenamiento de las generaciones. Para la ley en clave jurídica, un padre es un padre y un hijo es un hijo, y eso establece que la sucesión de las generaciones no sea reversible, homóloga al campo de lo biológico. En cambio, a nivel intrapsíquíco, un hijo podría –fantasmáticamente- ser un padre de su propio padre.

Moderador : Me gustaría saber qué piensan de la culpa y de la responsabilidad. Si hay diferencias entre una y otra. El artículo 34 del Código Penal habla sobre la imputabilidad y dice: “La capacidad de comprender o discernir los alcances de su acto y dirigir sus acciones”. Me pregunto: ¿de qué es culpable el que es culpable? ¿Qué significa para el derecho y para el psicoanálisis “comprender los actos y las acciones”? Para el psicoanálisis el sujeto es sujeto del inconsciente. Entonces, ¿se es responsable o culpable de lo que se ignora?

Dobón . Cuando Freud planteó el problema de la culpa, no estableció de entrada esta distribución de culpa-responsabilidad, sino que sentó sus bases a partir de la homofonia entre culpa y deuda. Uno de sus primeros trabajos “¿pueden los legos ejercer el psicoanálisis?” apuntaba a la posibilidad de que el psicoanálisis pudiera ser ejercido fuera de la profesión médica. Lo interesante en ese texto es que él separó el concepto de responsabilidad y el de culpa. La responsabilidad quedó a cargo del profesional y la culpa del lado del neurótico, es decir, del paciente. Esa primera división fue, para los que vinieron después, los posfreudianos, una especie de vía culpabilizante conciente y casi confesional. En los años cincuenta, Lacan escribió un texto; “Aportes del psicoanálisis a la criminología”. Allí estableció el concepto de “asentimiento subjetivo” ¿qué significa esto? Lo entiendo como una afirmación subjetiva de responsabilidad, una asunción de hecho de las consecuencias de una decisión, por ejemplo. Ahora bien afirmar que se aboga por la responsabilidad subjetiva insisto, no debe convertir lo nuestro en un dispositivo confesional. Para decirlo llanamente un análisis propone en su método algo paradójico, lo desresponsabilizamos cuando lo animamos a la asociación libre, pero le tomamos su palabra cuando equivoca, sueña, tiene un lapsus o su búsqueda lo conduce siempre a la repetición. Esta palabra que insiste en nuestro discurso, “el sujeto” es justamente ese efecto que sorprende al que habla, esa sujeción a la palabra que produce un enunciado desconocido, sin-sentido, no sabido. La responsabilidad a mi criterio gira en lo nuestro, acerca de las consecuencias en lo que se dice y ante las decisiones. Que está en juego y que se pierde ante cada decisión, cada vez. De allí a que esa decisión se sostenga en su vida cotidiana, eso es harina de otro costal

A priori para el psicoanálisis todo sujeto es responsable aun de lo que desconoce. En cuanto a la culpabilidad la verdadera culpabilidad es la de reconocer su propio deseo y traicionarse, retroceder o peor negarlo una vez sabido.

Lo atinente a la culpa, es un concepto que nos ofrece mayor dificultad. En su universo encontramos la asunción de una culpa o deuda, si se quiere muy difícil de reconocer, que llamamos “sentimiento inconsciente de culpa”, es decir una culpa no sabida, no consciente. Si las faltas y culpas son difíciles de aceptar a nivel consciente, imaginen la dificultad de enfrentarlas cuando operan pero no son sabidas. Esa culpa se manifiesta mas claramente como castigos que el sujeto se autoinfringe o como enfermedades que aparecen en ocasiones muy particulares. La persona misma tiende a pensar que hay en juego una causalidad que no es puramente biológica.

Luego y esto es interesante existe un uso, un empleo que pervierte esta diferencia entre culpa y responsabilidad, muy extendido. Recuerdo como ejemplo extremo de esto el alegato de Massera en el juicio a la Junta cuando dijo algo así: “asumo ser responsable de los hechos que aquí se juzgan, pero de ninguna manera culpable” uso perverso si lo hay, ¿no? O para decirlo de otro modo, un uso dialéctico de la idea de culpa que la niega y aunque afirme toda responsabilidad en los hechos, vuelve a negarla. Una doble negación al servicio de una ideología de eliminación “del enemigo”

Lo que vos acabás de leer del artículo 34 es empleado en la psicología y en la psiquiatría como instrumento para determinar la imputabilidad o la inimputabilidad. Ese infeliz matrimonio entre el derecho y la medicina ha engendrado productos como el “lombrosianismo” o peor, cuestiones ligadas a la imputabilidad como la idea de índice de peligrosidad. En el marco de un tratamiento analítico estos conceptos definitivamente no funcionan, ni se pretende abarcarlos. La capacidad de comprender o no un acto es una cuestión legal, pericial, forense. Para el psicoanálisis mas que comprender se trata de estar comprendido, implicado en lo que se dice o decide y sus consecuencias. Decisiones o preguntas frente al amor, la existencia, la vida y sus contingencias o las pérdidas

Zaffaroni: La culpabilidad dentro del marco jurídico es uno de los conceptos más complicados. La culpa siempre da idea de deuda. En alemán culpa es @die schuld@, derecho de obligación, es el derecho de las deudas. Siempre es algo que se está debiendo. Nosotros solemos decir que la culpabilidad se mide a través de la posibilidad de realizar el reproche jurídico. No puedo reprochar a aquel que está en un error invencible, no le puedo reprochar a aquel que se encontraba en un estado de necesidad inminente de sufrir un mal grave.

El grado de culpabilidad es el grado de reproche jurídico que le puedo hacer al sujeto. Por qué eligió determinada conducta pudiendo haber elegido otra. Ahí entra algo de su personalidad. Es siempre una medición de esa naturaleza. Digo culpabilidad desde el sentido técnico.

La medida de la pena es la medida de la culpabilidad, es la medida del reproche que le puedo hacer al sujeto. En la medida en que salga de la culpabilidad, le estoy negando el carácter personal. En la medida en que diga @este tipo lo tengo adentro porque es peligroso@, lo cosifico.

Si paso a la culpabilidad como sentimiento, hay un problema que se viene observando desde hace casi 50 años. Por regla general, el infractor no es aquella persona que niega los valores dominantes de la sociedad. Es muy raro que aparezca alguien con una tabla de valores diferentes, por lo general la comparte. En los crímenes más graves, como los de lesa humanidad, los crímenes masivos, los perpetradores no niegan los valores sociales, todo lo contrario, se consideran a sí mismos como líderes morales y reforzadores de esos valores. ¿Cómo se explica que entonces sean ellos mismos los implicados en semejantes desastres? Ninguna cultura reconoce normas con valor imperativo absoluto. El no matarás, por ejemplo, se desdibuja en la guerra, en la legítima defensa. Siempre hay un grado de elasticidad en el imperativo que sale de cualquier norma, me refiero a normas culturales.

Hace más de 50 años 2 autores, Sykes y Matza escribieron un artículo refiriéndose a delincuencia juvenil y empezaron a describir las llamadas técnicas de neutralización, que consistirían en una ampliación ilegítima de las causas de justificación y de exculpabilización

Las clasificaron en cinco las vías de las técnicas de neutralización:
1. Negación de la responsabilidad: no fui yo, sino las circunstancias.
2. Negación de la lesión: no fue tan grave, no matamos treinta mil, sino muchos menos.
3. Negación de la víctima: eran unas basuras, eran marxistas, etc.
4. Condenación de los condenadores: los que me están condenando son una serie de hipócritas.
5. Invocación de solidaridad de su ideal de superiores, cualquier mito que se pueda poner. A veces puede ser algo real, que se convierta en mito.

En el plano de la criminología se nos replantea hoy con toda crudeza, cuando la criminología más reciente, de hace 4 ó 5 años, piensa que tenemos que ocuparnos del crimen de Estado. Es muy reciente, ni siquiera llegó a la Argentina.

Esto plantea otro problema. Los pibes que fabricaban en los años 50 las técnicas de neutralización eran bastante intuitivos, primitivos, transmitidas oralmente. Las técnicas de Neutralización de estos tipos de crímenes fueron elaboradas refinadamente, son discursos ideológicos del campo jurídico, político, científico, filosófico, médico, etc. Y esto plantea un problema epistemológico serio. Se terminó la valoración de la criminología. Tenemos que entrar en la plataforma valorativa, y ver cuáles de estos discursos constituyen técnicas de neutralización.

 
CONTECTATE CON LMDMV