Año 4 - Número 36

Felicidad obligatoria

Levántate y rie (si es que puedes)

Por Eugenia Zicavo

Cada vez son más los argentinos que se ríen al ritmo del stand up, un género que combina el monólogo, la crítica de costumbres y la confesión autobiográfica. Geniales o mediocres, ácidos o escatológicos, ingeniosos o burdos, los comediantes se acercan al micrófono y dicen lo suyo.

Un micrófono. Eso es todo lo que necesitan para hacernos reír (o al menos para intentarlo). Son los exponentes del género popularizado como stand up: comediantes "de parado" que reflexionan sobre experiencias cotidianas con la expectativa de conseguir una risa o un aplauso después de cada remate. Actualmente parece haber un auge del género y la oferta viene in crescendo: están en cartel los espectáculos "Humor de perras", "Comedia de dorapa", " Cómico stand up 3", "The charlatans", "¿Cuál es tu gracia?" y, hasta hace poco "Stand-up argentino, otra vez". El formato es siempre el mismo, aunque admite pequeñas variaciones: en general, se trata de tres humoristas a cargo de un monólogo y un presentador que en ocasiones se distingue del resto (sumando números de magia, chistes cortos, bailes o rutinas de clown) y otras es un "monologuista" más, que además cumple con presentar a sus compañeros.

Pero ¿cuál es la diferencia entre un contador de chistes y un cómico de stand up? Aunque los límites del género son difusos, la distinción radicaría en que el primero va soltando un chiste tras otro sin importar la temática, mientras que el segundo debe cautivar sumando reflexiones ácidas sobre su propia vida cotidiana. Sus disparadores son anécdotas sencillas, pequeñas situaciones que presupone compartidas con el público. La serie televisiva Seinfield es el ejemplo ideal para ilustrar eso tan propio del género: cada capítulo muestra lo que le sucede al protagonista y cómo luego, en su rol de comediante profesional, aprovecha cada mínimo episodio autobiográfico para sumarlo a sus monólogos en los clubes nocturnos. La anécdota en primera persona genera esa certeza y complicidad que sólo brinda la experiencia. Es su "yo" el que habla y eso lo vuelve atractivo. Si logra el aplauso es por su capacidad de autocrítica, por la fórmula que encuentra para burlarse de sí mismo y convencernos de que experimentó "de primera mano" eso que "a todos les pasó alguna vez". Seinfield resulta efectivo por ser un observador minucioso del absurdo del día a día, algo así como un coolhunter de lo que aqueja al norteamericano promedio de clase media; un registro del presente en clave de comedia. Por eso sus monólogos se van transformando y enriqueciendo con cada vivencia. La propia vida afecta al parlamento porque es un texto que nació para ser modificado, para ser penetrado por el detalle más trivial de la realidad cotidiana. Sin embargo, los exponentes locales del stand up no parecen ser interpelados por la cotidianeidad muy a menudo: los suyos son discursos sin cambios ni desviaciones. Hay incluso comediantes que reiteran sin variación alguna el mismo texto en dos shows distintos. Es el caso de Martín Rocco, que repetía una y otra vez su rutina sin sumar ni quitar siquiera una línea (con media hora de diferencia entre una presentación y otra) en "Stand-up argentino, otra vez" -ya fuera de cartel- y en " Cómico stand up 3". A juzgar por la inmutabilidad de su repertorio, pareciera que Rocco no deja de subirse todos los días al mismo ascensor donde todos lo acusan de ser el gordo culpable del repentino mal olor. Y aunque su monólogo no está mal (tiene "oficio" y ha sido maestro en el género de muchos de los actores actualmente en cartel) pierde brillo en la repetición, se desgasta. Le pasa lo mismo que él apunta en sus cavilaciones sobre los ascensores espejados: devuelve una imagen distorsionada de sí mismo que es como grabar de un casete a otro casete y a otro casete. Pero por lo menos, Rocco cumple con lo que podría considerarse el "ABC" del género: ser un "cronista costumbrista" que ironiza a partir de anécdotas de la vida cotidiana. Sin embargo, no todos los que dicen hacer stand up cumplen con dicha premisa. Algunos se amparan en el rótulo de un género humorístico de moda que atrae espectadores, para terminar ofreciendo un espectáculo de chistes, donde el cómico es más bien un contador de cuentos, más cercano a un animador de cumpleaños. El caso más extremo en esta línea es el de Ivan Russo en "The Charlatans" que lanza una sucesión de chistes escatológicos o sexuales al mejor estilo de Jorge Corona.

Se supone que el humorista de stand up no basa su rutina en una sucesión desarticulada de buenos o malos chistes sino que es, ante todo, alguien capaz de observar en detalle lo cotidiano y sus miserias, volviéndolas objeto de burla. Él mismo se sitúa como protagonista de sus reflexiones y equívocos. En el capítulo de Los Simpsons "La última tentación de Krusty" el emblemático payaso cae en una depresión al advertir que su habitual rutina de chistes ha dejado de resultar graciosa. Borracho y en la ruina, comienza a contar en público sus pesares y lo que opina al respecto. De pronto, el auditorio vuelve a reír. Krusty descubre que ahora, lo que rinde en el humor es narrar los propios infortunios con una pizca de ironía y se convierte al stand up. Incluso sus enojos más sinceros ahora hacen reír al publico. Ser un perdedor y mofarse de ello, esa es la consigna tácita. Como dice el payaso, los tiempos han cambiado.

Dime con quien andas...
Un detalle curioso es que, en general, los presentadores suelen ser mejores que aquellos a quienes presentan (una ironía del género). Entre ellos se destaca Hernic, el presentador-mago de "Stand-up argentino, otra vez" que bajo la consigna de "todo suma" hace trucos y lanza chistes "de salón" ("Si me pongo un tenedor a cada lado, ¿soy un entretenedor?") derrochando energía y presencia escénica. Pablo Molinari en "Comedia de dorapa", interpreta a un joven a quienes los humoristas no permiten "brillar" y mecha su rutina cómica "a escondidas" antes de cada presentación (había debutado en "Levántate y Habla" y fue presentador invitado en "¿Cuál es su Gracia?"). Y e l mejor en su rubro es Diego Reinhold, que se luce en " Cómico stand up 3" con desopilantes números de baile y un monólogo impecable en el que articula toda una historia utilizando solamente nombres de calles porteñas. Un showman completo.

También hay personajes y estilos que se repiten en los diferentes espectáculos. Entre ellos están los humoristas que juegan el rol de "tímido" o "tontito" y que en general mantienen una actitud afectada durante todo su monólogo ( como en una remake clase H de Los idiotas de Lars Von Triers). Es el caso de Germán Batallán en "The Charlatans" que mira hacia arriba con semblante desorientado mientras se pregunta "Coto dice `Yo te conozco´ ¿Buena onda o amenaza?". En su caso, la construcción del personaje es efectiva y termina auxiliando a un texto más bien pobre . Otro representante de este tipo de actuación es Max Goldenberg en "Stand-up argentino, otra vez" que se burla de sus limitaciones (" Soy largo, no entro en una carpa, si me pierdo en la playa nadie me alza") y recurre a muletillas repetitivas y a los gritos que, aunque funcionan un par de veces, terminan generando algo parecido a la vergüenza ajena. En el mismo estilo de personajes "afectados", aunque fuera del formato de espectáculo stand up, los cultores del género deberían ver el monólogo de Mariana Chaud en el show "El Rebenque", en el que compone a una lesbiana "con problemas" y dicta cátedra de actuación humorística.

U n capítulo aparte lo integran los "invitados". Mejor, no los inviten. (los "payasos pescadores" convidados en "The Charlatans" hacen que uno quiera abandonar literalmente la sala). Debe ser una cuestión de camaradería del gremio, algo así como `ya que conseguí teatro te dejo actuar de onda´, pero la experiencia para el espectador es como llegar temprano a la cancha y ver jugar a la sexta: en general, son de cuarta.

Obsesiones compartidas
En todos los espectáculos aparecen temas recurrentes. El transporte público ocupa un lugar privilegiado dentro de las reflexiones que suscita el género. El "desafío de la blancura" y el vestuario de Alan Faena figura, junto a las mil y una referencias al barrio de Palermo y sus tendencias, en el top ten de los más nombrados. Comparten el podio los chistes sobre gays y mujeres tontas (siempre tan de vanguardia) y se llevan el primer puesto los relatos –infaltables- con una Idishe Mame como protagonista. La consigna parece ser la siguiente: si hay un judío en el grupo, que hable de su mamá. Verdaderamente original. Hasta Sebastián Wainraich, toda una figura revindicada dentro del stand up local, cae en " Cómico stand up 3" en el monólogo previsible del chico judío, sin sumar ni un ápice a la imaginería conocida.

Otro de los temas que se repiten son las estrategias de marketing con muñecos en la vía pública. Desde la paranoia de Natalia Carulias en "Stand-up argentino, otra vez" ("Los tipos que venden productos disfrazados en la calle no me dan hambre, me dan miedo") hasta las empanadas atropelladas por un camión ("son sólo empanadas") en el monólogo de Hugo Martín en "¿Cuál es tu gracia?".

Y cualquiera sea la temática en cuestión, en el stand up vernáculo existe un infalible: la puteada ayuda, como enseñó Pinti. Así que todos, sin excepción, se abusan y descansan en la mala palabra certera para corolar la mayoría de los remates (como cuando en un film quieren conmover y le meten, bien fuerte, música incidental).

Como en The aristocrats (ese chiste popular en los EEUU -que mereció un documental en el último Bafici- basado en variaciones improvisadas sobre episodios escatológicos siempre protagonizados por una familia) al ver los distintos shows de stand up uno tiene la impresión de encontrarse con las mismas ideas, los mismos giros, las mismas frases levemente modificadas.

Una excepción a la sucesión de lugares comunes es "Humor de perras", el único de los espectáculos interpretado íntegramente por mujeres. Aunque las chicas no tienen tanto oficio como los profesionales del género (y a veces el ritmo del espectáculo cae) sus reflexiones sobre las vicisitudes de la maternidad, el lesbianismo y el rol de la mujer son ingeniosas, recurren a juegos de palabras y se alejan de lo previsible, al igual que ciertos pasajes de Conrado Gaiger (hombre de radio que incursiona en el stand up) en "Humor de Dorapa".

Todo por que rias
Será que se ríen porque hay testigos. Será que quieren imitar las risas grabadas de Seinfield. Pero por algún motivo, el público del stand up porteño suele ser complaciente (muchos se ríen incluso antes de oír los remates). La mayoría está "entrenado" para el género y cumple su rol sin fisuras, como las tribunas de reidores profesionales de algunos programas televisivos. Son oyentes bien predispuestos. Los humoristas suelen contar con esta complicidad a priori de un público familiarizado con el contrato artista-espectador que proponen. Sin embargo, hay un exceso que resulta sospechoso. Podemos disfrutar de una comedia o una serie divertidísima y sin embargo, la carcajada no suele ser audible después de cada chiste, difícilmente nuestras risas suenen constantemente. Eso sólo sucede cuando el chiste es demasiado bueno, algo similar a un aplauso privado, ese momento culmine del humor en el que nuestro cuerpo estalla, no se contiene y surge -como un rugido ancestral- esa herencia de bufón y de rey momo. Pero parece que el público del stand up va a liberar su Rabelais desatado, sin importar qué lo dispare. En las butacas abundan los que asienten moviendo la cabeza a cada rato, los que dicen "tal cuál", los que dejan escuchar un "a mí también me pasó". Tamaña respuesta del público produce desconcierto. La mayoría de las funciones son a sala llena e incluso he visto a los mismos espectadores en distintos espectáculos. ¿Por qué vuelven? El filósofo Slavoj Žižek cuenta que cuando vio en el cine The Matrix se sentó al lado de un idiota que, absorto, no dejaba de exclamar: «¡Dios, la realidad no existe!». Žižek se interrogaba: "¿No es una de esas películas que actúan como una especie de test de Rorschach (...) como el proverbial retrato de Dios, que parece siempre estar mirándote directamente, lo mires desde dónde lo mires, una de esas películas en las que se sienten reflejadas casi todas las miradas?" Puede que los fans del stand up estén buscando allí la fuente –agotable, por cierto- de la identificación segura mediante el absurdo. Pero sin embargo, incluso cuando nada suyo se manifiesta bajo la luz del cómico, cuando los chistes derrapan, el pacto permanece inmutable. Pagaron su entrada para reírse y allá van, a reír nomás. Como repiten en la canción final de "Cómico stand up 3": "No se entiende, esto del Stand Up, no se entiende..."

 
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