Año 4 - Número 32

Me volvió a pasar

Historias de mudanzas

Por Josefina Licitra

Romper el círculo, salir del laberinto, abrirse al cambio. Propuestas que no son fáciles de llevar a cabo. Pero para los que se animan, para los que no se quedan ahogados en el circuito de las repeticiones, hay un horizonte distinto.

Una casa. Un patio con flores lindas y baratas. Unas persianas que una vez se desplomaron y nos dejaron juntos –a Juan y a mí- sosteniendo las celosías que se venían encima (y entonces lo miré –nos miré- haciendo esa gimnasia idiota, y por un motivo inexplicable supe que Juan y yo teníamos un proyecto juntos). Un espejo empotrado con un marco de madera en el que vi crecer mi panza y que una vez –en uno de esos típicos accesos de la preñez- quise patinar como si yo fuera una artista (y quedó horrible). Unas lámparas que llenan el aire de una atmósfera irreal: como piedras y pececitos que cubren las paredes. Un living inmenso que recorrí con la vista, sentada en el sillón, cuando volví de parir (y entonces todo se veía más grande, más inabarcable, y esa tarde lloré, con mi hijo en la falda como una encomienda: lloré y pensé que no podría con todo, con mi vida, con mi living). Una pared con ladrillos a la vista: el capricho –la necesidad- de ver la carne viva de mi casa. Vecinas viejas que me quieren.

Luz.
Esto es, en síntesis, casi todo lo que tengo.
Me mudé hace un año y medio; pensé que era para siempre (siempre pienso que es para siempre). Y sin embargo me voy, otra vez.
Me voy, y siento un poco de cansancio.

Muñecas rusas
Nací en La Plata, en un dos ambientes al fondo de un pasillo. El edificio era una casa chorizo modificada por el dueño, un tipo que -según palabras de mi madre- era "irreversiblemente bruto". Tanto que dejó algún cable tocando las cañerías, y si alguien ponía la mano en la canilla mientras había un artefacto eléctrico enchufado, corría el riesgo de quedar como los muertos del Vesubio. Eso no era tan grave –"era cuestión de organizarse"- de no ser porque el calefón era eléctrico (por ende si querías ducharte había que calentar el agua, desenchufar el calefón, abrir la canilla y bañarse en cámara rápida). La casa tenía una cocina comedor, un dormitorio, un patio.

  • ¿Era linda?- le pregunto a mi madre.
  • No, nena, era un PH de mierda- responde en un tono de fastidio, de angustia, de dulzura, de tranquilidad porque todo, ahora, está tan lejos-. No teníamos ni gas natural, una mierda todo y yo hacía guisito primavera para las reuniones militantes... Eso sí, vos tenías tu cunita blanca, laqueada, hermosa. Después, a tus seis meses, nos mudamos a un departamento en 6 y 53. Era un dos ambientes rebacán, un regalo de tus abuelos paternos en el que vivimos hasta que llegó el caos.
    El caos, en boca de mi madre, es el golpe.
    El golpe había sido en marzo, y en los meses siguientes desapareció mucha gente. El 23 de septiembre cayó El Cholo, amigo de mis padres, la única persona que sabía nuestra dirección. Ese mismo día mi padre dio la orden:

- No podemos volver a casa- dijo.
La orden quedó viva, en el aire, para siempre.

Quedó la ropa en los placares, la comida pudriéndose; nos fuimos de La Plata. Estuvimos dos meses deambulando sin casa, comiendo en las plazas, cagando en los bares, entrando en una casa u otra a la hora de dormir. De ahí en adelante creo que batí un récord: tengo treinta años y me mudé casi veinte veces en mi vida. Viví en el Chaco (en una casa linda y espaciosa, la casa donde creció mi madre), en un edificio de bulos en el Centro, en Congreso, de vuelta en La Plata, luego en la avenida Córdoba, en la calle Hidalgo.

De Hidalgo son mis primeros registros: había un living, una ventana con luz, una mesa blanca y circular que rechinaba –ñiqui ñiqui- como las llantas de un auto viejo. En esa mesa, mi padre comía fideos verdes. Recuerdo sólo eso, y el disco amarillo de Pipo Pescador, y la mano de mi padre jugando a la ronda. No recuerdo más. No recuerdo el día en que mi padre se fue a España.

De ahí en adelante siguieron las mudanzas. A La Plata, a Palermo, a Barrio Norte, de vuelta a Palermo, finalmente –a mis diez años- a Floresta. Me fui a los diecisiete a vivir sola. Me mudé cuatro veces más, y voy por la quinta.

- No sé cómo juntás fuerzas para pensar en irte - dice mi madre-. Yo entiendo, porque cada lugar responde a una necesidad, y el tema es ése: cómo van cambiando las necesidades. Pero qué loco, es como con las muñecas rusas: uno nunca sabe cuál es la definitiva, la que queda para siempre. Si las cartas astrales fueran verdad, debería figurar lo de las mudanzas, ¿no? No podés dejar de mudarte. No sé qué mierda es, pero bueno.

Mi madre es psicoanalista. A partir de los cincuenta años, los psicoanalistas se ponen muy graciosos y empiezan a decir "no sé qué mierda pasa".

Yo sí sé qué pasa: v uelvo a mudarme por neurosis, por falta de espacio, por curiosidad, por locura, por miedo a morirme acá, porque quiero que mi hijo crezca en un lugar con pasto, por deseo, por aburrimiento, porque acá está todo hecho, porque adoro y me estremece el horror de las mudanzas. Porque cuando agarro mis cosas y las vuelco en otra parte me siento rabiosamente libre. Porque me gusta volver a acomodar los muebles, descubrir la luz nueva de la casa nueva, reinventar el mundo por un rato.

Después, es cierto: no sé qué mierda pasa.

El círculo
En El Día de la Marmota –la imperdible comedia con Bill Murray- el protagonista es condenado, como Sísifo, a vivir el mismo día de su vida eternamente. La historia es sencilla pero devino en película de culto, y eso se debe a que Harold Ramis, el director, supo detectar que hay una instancia de la que no se salva nadie. Todos, sin duda, tenemos nuestro momento marmota: una esquina en la que el tiempo se muerde la cola y se vuelve buscón, pesado, insoportable.

Tipeo la frase "me volvió a pasar" en internet. Volví a fantasear con hacer un trío, se me volvió a escapar un pedo en mal lugar, volví a inducirme el vómito, a dejar de comer, a tomar merca, a confiar en los que me defraudan, a juntarme con un golpeador, a tener miedo, me embocaron con los Bocones y ahora me pesifican los ahorros. En los diarios, la idea cíclica del tiempo se reduce a la política. Pero acá –parece- hay cura: nunca falta el que se inspira y dice, por vez número mil, que "la-memoria-nos-salva-de-repetir-la-historia".

Eso salva al país, al mundo, a los bienpensantes de los diarios. Pero la memoria no salva a las personas. O al menos no me salva a mí.

Maradona volvió al mundo cuando Giannina lo miró y le dijo lo esperable: "Así no quiero verte más". Sabina se limpió cuando su cuerpo le hizo un ictus y le recordó que no era eterno. Pilar, la esposa golpeada en la película española Te doy mis ojos, abandona a su marido luego de una escena de la que ya no se vuelve. Mi amiga Paula se libró de su anorexia cuando la internaron en un hospital de Rosario, casi muerta, con treinta y cuatro kilos.

Ellos rompieron su círculo. Encontraron el hilo de lana que los condujo, como en el mito del eterno retorno, hacia fuera del laberinto.

El mito habla del Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro -hijo del rey Minos- que vivía en un laberinto construido por su propio padre, una fortaleza pensada para que nadie lo viera, y para que nunca pudiera escapar: todos los caminos conducían al centro y sólo una persona –Teseo- pudo salir de ahí cuando Ariadna –su enamorada- le tendió un hilo de lana desde afuera.

Desde Nietzsche hasta Borges, son muchos los que hicieron su interpretación del laberinto: un espacio donde el hombre es un rehén del tiempo y donde las horas circulan en redondo, espesas, hasta el infinito. "Nietzsche llama a esto la carga más pesada: la carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra –dice Milan Kundera en La Insoportable Levedad del Ser-. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de la tierra estará nuestra vida, más real y más verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan ligeros como insignificantes. Entonces, ¿Qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?".

Yo no elegí. Ni el peso, ni la levedad.

Elijo, eso sí, hacer siempre la última mudanza.

Final del juego
La casa anterior donde viví estaba en Almagro. La compramos vieja y rota –junto a mi pareja de entonces- y la arreglamos para toda la vida.

Toda la vida duró un año y medio: después de las refacciones me quise ir de todo, también de la casa. El comprador fue un noruego llamado Vernon. Tenía setenta y tantos, una mirada cálida y señil, una historia curiosa: se había venido de Europa porque quería pasar una jubilación –según el traductor decía- en "un país cálido". Bailaba tango. Había dejado hijas y mujer en su país. No hablaba español.

Una tarde me llamó por teléfono y pidió que le explicara cómo se encendía el calefón. Sentí ternura y fui a verlo; fue como conocer a la nueva novia de un ex: vi mi casa sin mis muebles, casi vacía, llamativamente limpia, con una cama simple en el living inmenso (¿por qué no en la habitación?) y la luz entrando a cachetazos por todas las ventanas. En una pared había un cuadro con la reproducción de una tapa de Playboy. Llegué a ver, también, una pava violeta y un teléfono hermoso que me olvidé de llevar (y que era tarde para pedir). Vernon era un hombre inexplicable y valiente: había quemado naves en plena vejez, había bajado a los talones del mundo para vivir sus últimos años.

Dos meses más tarde me llamó Adelina, la encargada del edificio, una mujer con pocas luces.

  • ¿Usté habla inglés? No me entiendo con el hombre, no paga las expensas, a veces grita, me dice que volvieron, que lo van a matar.
  • ¿Volvieron quiénes?
  • No sé, él dice que volvieron, que le tocan el timbre, que lo insultan. Pero yo qué quiere que le diga: me paso el día en la vereda y no veo a nadie. ¿Usté habla inglés? Hace dos meses que no paga las expensas.

Le dije que no hablaba inglés.

Tiempo después, en pleno marzo, Adelina volvió a llamar.

Las voces habían vuelto y lo encontraron encendiendo el calefón, girando la perilla blanca, apretando la roja, aguantando unos segundos como yo le enseñé. Y Vernon –supongo- decidió que esa voz era la última: tomó la soga de la ropa, la anudó al tubo de escape y se colgó.

Lo encontraron un par de días más tarde, morado y tranquilo. Con una cara de felicidad que daba espanto.

 
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