Año 1 - Número 11

Obsesiones

El ganador del último Premio Casa de las Américas en narrativa, cuenta los avatares de una mente obsesiva: la suya.

Por Pablo Ramos

Desde chico conocí la calle. O, para ser más preciso, me largué a las calles de los que entonces eran mis barrios: Avellaneda, Sarandí y Dock Sud. Sabía por los muchachos más grandes que no eran lugar para cometer errores y que, caminarlas de noche y pretender sobrevivir, implicaba concretamente, aprender a conocer mis propias armas y, sobre todo, mis propias limitaciones. Les hice caso. Usé todos los sentidos para estudiar a los que sobrevivían. Algunos eran mastodontes seguros de aplastar cucarachas con tan sólo mover un dedo: contaban con la fuerza física a su favor. Otros eran capaces de empuñar y usar un arma contra una persona sin más remordimiento que el que se puede tener por haber pateado un perro: animales de sangre fría. Cobardes, buchones, pingüinos y veletas, eran maneras menos felices pero no por cierto menos eficaces de seguir en el juego. Yo supe siempre que no tenía ninguno de esos talentos y así, sin querer, ensimismado en el cálculo por cálculo de todas las posibilidades de error a la hora de actuar, desarrollé una prudencia extrema y esa prudencia extrema generó una mente obsesiva: mi cabeza aprendió a ir a mil y yo aprendí a ir detrás de mi cabeza. A usarla como una computadora, como una mira que apuntaba hacia un solo lugar toda mi energía. Una energía física que se manifestaba a través de la compulsión, y que me metía pero también me sacaba de cuanta situación de riesgo pudiera surgir.

A los veinte años estaba convencido de que el mundo me debía, de que yo era una víctima de mi padre, de mi madre, de la sociedad, del sistema. Tenía que tener lo mío como fuera, sacarlo de donde fuera, tomarlo si no lo podía comprar. Estaba obsesionado conmigo mismo. Yo odiaba a mi padre y, a través de él, odiaba a la humanidad porque no podían satisfacer mis necesidades. Más adelante, a fuerza de abrirme camino por cualquier vía, empecé a andar en la buena. Tuve un auto, ropa, plata, una banda de rock y algunas de las chicas más lindas de Avellaneda. Me sentía el centro del universo e hice cualquier cosa con tal de llamar la atención. Vivía así la gloria fugaz, el enamoramiento ese que da la primera adrenalina.

Pero empecé a notar que nada de eso satisfacía en verdad una necesidad primordial, y peor: que ni siquiera podía ponerle nombre a esa necesidad que yo consideraba insatisfecha y que, estaba seguro, era primordial. Creo que hundido en la búsqueda de esta satisfacción -búsqueda que por supuesto me obsesionaría después- conocí lo que se me reveló en principio como el lado práctico del alcohol: su capacidad de cicatrizar el alma. Durante un tiempo fue eficaz, cerró la herida del pasado, me hizo olvidar el temor al futuro y viví el presente como dormido. Entonces me obsesioné. Ante cada situación pensaba en una copa y lo demás lo hacía la compulsión. Tomé como un animal. Terminaba muchas veces en hospitales. Pero salía, y volvía a tomar de la misma manera.

Las cosas empeoraron aceleradamente.

Mi novia quedó embarazada, nos casamos, tuvimos un hijo. Por primera vez intenté dejar de tomar. Simulando que todo iba bien yo mantenía dormido al ser monstruoso que llevaba en mi interior, que me hablaba desde adentro de mi cabeza como una radio encendida día y noche, que pujaba por salir y no me dejaba ir tranquilo a la oficina, comer en familia, mirar televisión, seguir fingiendo. Traté de ser padre, hijo, hermano, marido, yerno. Pero algo en mí seguía mal: los pensamientos del monstruo. Yo hacía todas las cosas comunes y buenas que hace la gente con un gran cargo de conciencia. Llegar temprano al trabajo me hacía sentir un farsante. Hacer el amor con la misma mujer me generaba impotencia. Darle un beso a mi hijo en la frente me daba ganas de suicidarme. No podía enfrentarme solo a todo eso y a veces, de vez en cuando, me agarraba una borrachera brutal y rompía todo. Fue entonces que tuve una nueva idea: el arte.

Calculé la plata de la indemnización para vivir un año y renuncié al trabajo. Sin consultarlo con nadie. Compré una guitarra y me puse a tocar. Al mes se me ocurrió que mi instrumento era el piano y gasté el resto de la plata en ese piano. El piano nunca llegó al piso once -donde vivíamos- porque la plata no me alcanzó para una mudanza con gente idónea. Intentamos subirlo con algunos amigos y el piano se trabó en el hall del séptimo piso. Lo solucioné comprándome una trompeta; pero tuve que pagar para que bajaran el piano y para eso gasté el saldo de la tarjeta de crédito. Estaba obsesionado con la música. Pensaba que lo importante era encontrar el instrumento adecuado, por lo menos, del tamaño adecuado.

Mi mujer me echó de casa, con trompeta y todo. Volví a una pensión y al alcohol diario. Toqué con sordina para no despertar a mis compañeros de cuarto y ahí también escribí el borrador de mi primer cuento y algunos poemas mediocres. Pasaba de la hiperactividad artística, laboral, deportiva, sexual, a la parálisis más absoluta. Mis obsesiones se habían convertido en una locura sutil: repetía los mismos errores esperando resultados diferentes. La idea "Esta vez sí que va a ser distinto" casi termina con mi vida en varias oportunidades.

Conseguí trabajo de mensajero en moto. Yo nunca antes había manejado una moto. Me enseñaron y salí. Estaba aterrado:
casco, rodilleras, tobilleras, coderas, parecía un arquero de hockey. Tenía la idea, amurada en mi cabeza, de que iba a pasarme algo muy malo. Muchas veces estuve a punto de llevarme puesto un colectivo, un camión, un auto o algún transeúnte desprevenido que pasaba por ahí. El problema era que yo manejaba la moto pensando en cómo iba a quedar después del accidente: me imaginaba enyesado de cuerpo entero, o con una pierna amputada, o con el cráneo aplastado o directamente muerto. Ahí me imaginaba todo el velorio: los amigos que iban y me lloraban, mi ex mujer que se reconciliaba con mi cadáver, mi novia que se peleaba con mi ex mujer y se agarraban de los pelos haciendo volar las coronas y a veces me indignaba -yo verdaderamente sentía en el cuerpo esa indignación- porque en una de esas peleas tiraban el cajón con mi mortificado cuerpo adentro. Debido a eso yo era uno de los más lentos de la agencia y había empezado a tener problemas.

Una vez se me encargó un trámite bancario de último momento. Un cliente muy importante pidió que fuéramos a cubrirle una cuenta. En cinco minutos estuve en la oficina del cliente. Tres menos cuarto estaba camino al banco. Esto era en el Once y yo, en esos quince minutos, tenía que llegar a Cabildo y Juramento. Doblé en Callao hacia el bajo como una luz.

No me importaban ni los semáforos, ni los autos, ni las puteadas. No me importaba nada. Tenía que trabajar para ganar plata, ganar plata para pagarme un lugar decente donde dormir y tener un lugar decente donde dormir para emborracharme tranquilo y olvidarme del trabajo, de la plata y del lugar decente donde estaba durmiendo. Durante el viaje, una que otra vez, me venían muchos pensamientos referidos a eso. Entonces me distraía un instante y zás, me salvaba raspando. Gritaba ¡No! como un loco, y retomaba el control. Faltaban cinco minutos y estaba a diez cuadras del banco, saboreé con tranquilidad lo que ya se manifestaba como un gran logro. En ese banco eran macanudos y hasta cinco minutos después del horario estaba todo bien. Eso daba como diez minutos para diez cuadras, algo que hasta se podía hacer caminando.

Distraído por el cálculo casi me llevo puesta una piedra enorme que estaba en el medio de la avenida. No se entendía bien cómo podía haber llegado ahí. Hice una cuadra más, despacio, y pensé que otro motoquero podía venir distraído, llevársela por delante y romperse el alma. Era una posibilidad remota pero real. Tenía minutos de sobra pero seguí avanzando, a marcha lenta, otras tres cuadras. A dos cuadras del banco la idea era la siguiente: un motoquero muerto por mi culpa.

Me imaginé el velorio del muchacho y a su madre y a sus compañeros acusándome de no haber querido perder unos cinco minutos miserables para salvar una vida humana. Una cuadra más y la idea era absolutamente insoportable. Doblé en U, ciego, y casi me atropella un colectivo de la línea 60. Volví a toda velocidad y me sorprendí al ver que, en lugar de un cadáver, la piedra seguía intacta sobre la mitad de la avenida. Estacioné mi moto apoyándola al caño de un cartel y crucé a buscarla. Era pesada y tuve que hacer un esfuerzo para llevarla arriba de la vereda. Un comerciante salió y me dijo que no le dejara basura ahí. El tipo me señaló el volquete que estaba a mitad de cuadra y yo, para no entrar en conflictos, llevé la piedra hasta el volquete. En mi via crucis tuve que hacer tres postas, ya que los ángulos filosos de la piedra me lastimaban las manos. Cuando volví, intenté encender la moto y fue imposible. Me quedaban tres minutos para que cerrara el banco y la moto no hacía ni el amague de arrancar. Le pedí al comerciante que me la mirara nada más que un ratito y no alcancé ni a escuchar lo que me dijo porque paré un taxi y me subí. Cuando llegué el banco estaba cerrado. Golpeé y me di cuenta de que no eran tan macanudos porque la única respuesta que obtuve fue la cara de culo raquítico del botón del otro lado del vidrio. Me sentía derrotado, vencido otra vez por mi cabeza. Tenía que volver a la agencia, sin moto, sin haber cubierto la cuenta, sin una historia creíble que contar, sin parte de la plata porque la había usado para pagar el taxi. Me fui a mi casa con la idea de tomar sólo un copa. Pensé: esta vez todo va a ser distinto, uso algo de plata y después explico todo. Pero me gasté todo en whisky y con una prostituta. A la mañana siguiente hice que ella llamara a la agencia explicando los motivos de mi muerte y diciendo dónde podían encontrar la moto.

Así me manejé durante muchos años. Hasta que me di cuenta de que otra de las cosas que se puede hacer con las obsesiones es contarlas. Desde ese día soy escritor; y seguramente ni mis amigos, ni mis mujeres, y supongo que ni siquiera mis hijos, podrán culparme por esto.

Pablo Ramos nació en un suburbio de Avellaneda en 1966. Es poeta, músico y narrador. En 1997, publicó Lo pasado pisado (poesía) con una subvención del Fondo Nacional de las Artes. Su libro Cuando lo peor haya pasado, dos de cuyos cuentos fueron publicados en números anteriores de LMDMV, acaba de ganar el primer premio del Fondo Nacional de las Artes (2003) y, también, casi simultáneamente, el Premio Casa de las Américas. Este libro, así como su novela, El origen de la tristeza, serán publicados próximamente por Alfaguara. Actualmente escribe otra novela.

 
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