Año 7 - Número 57

Éxito


El rasgo esquizo

Por Fernando Martín Peña

Cuando un éxito cinematográfico encuentra su clave en tranquilizar al espectador. 

El éxito impresiona pero no necesariamente convence. El secreto de sus ojos es la película argentina más exitosa del año pero carece de la homogeneidad de otros films de Campanella (Luna de Avellaneda, El hijo de la novia o El mismo amor, la misma lluvia) hasta el extremo de alcanzar cierta curiosa esquizofrenia. Ésta es la primera vez que el director se aparta del excelente guionista Fernando Castets (el propio Campanella se ocupó de la adaptación junto con el autor de la novela Eduardo Sacheri) por lo que resulta tentador –aunque indemostrable– adjudicar los desajustes del film a esa ausencia.

El rasgo esquizofrénico más evidente es el choque entre la lógica del cine de género (el film intenta por lo menos dos, de manera simultánea: el policial y la comedia romántica) con las características de un contexto político muy preciso (la Argentina de 1974). Pero los géneros tienen reglas más o menos claras, definidas a lo largo de décadas de cine clásico, que desbordan el anclaje en esa realidad. Campanella construye sus personajes con la convicción arquetípica que le permiten la tradición narrativa clásica y el carisma de sus tres intérpretes principales, pero luego esos arquetipos chocan contra las exigencias del contexto. Si la acción transcurriese en un período más indefinido, el primer enfrentamiento idealista de Darín a los gritos contra los apremios ilegales propiciados por un superior negligente serviría para establecer los rasgos nobles del protagonista, recurso típico y legítimo del clasicismo que además propicia la identificación del espectador. Pero luego resulta que el propio Darín viola un domicilio ajeno, roba pruebas e interroga ilegalmente a su sospechoso, convencido de su culpabilidad sólo “por una corazonada” y Campanella trata casi todo ello con la ligereza de un paso de comedia, en contraste con la sordidez expresionista del episodio policial que Darín había censurado antes. Es decir que la ilegalidad policial es mala porque está perpetrada por gente innoble y fea, mientras que la ilegalidad de Darín es positiva, divertida y permisible. Harry, el Sucio también violaba la ley varias veces pero por lo menos algo le pasaba por dentro, porque al final tiraba la placa. Además, identificarse con él era incómodo, mientras que aquí Darín (y nosotros con él) ejerce la ilegalidad como quien comete una travesura.

No puede sorprender entonces, siguiendo esa lógica dislocada, que Campanella sostenga la noción de que las AAA se integraron sacando de las cárceles a asesinos y violadores, cuando la gran mayoría de esos individuos, así como los represores que vinieron después, salieron de la misma clase que ahora llena los cines para ver El secreto de sus ojos. Esa realidad es tan difícil de explicar y asumir que Campanella no lo intenta y prefiere inventar monstruos. Su público encuentra tranquilizador creer en ellos y retirarse de la sala persuadido, una vez más, de que los malos son los otros y las culpas son ajenas.

 
CONTECTATE CON LMDMV