Año 8 - Número 61

Lo arreglamos en la cama


Editorial

Por Ricardo Coler

Juntar el amor y la pareja es un invento relativamente moderno. Hasta hace doscientos años las familias se mantenían estables sin necesidad de quererse y sin la exigencia de que sus integrantes sostuvieran una sexualidad feliz. Vivían juntos, criaban hijos y trabajaban. En algunas ocasiones se llevaban bien y en otras cada uno hacía lo que podía, se resignaba o dejaba de importarle. Los padres arreglaban los matrimonios y los novios no esperaban demasiado de la relación. Pero un día algo pasó y además de formar una familia, los hombres y las mujeres, pretendieron estar enamorados, elegirse y llevarse bien dentro y fuera de la cama. La mayor parte de las historias escritas, filmadas y televisadas tienen que ver con esta aventura. La ilusión es fantástica pero la aventura es un poco más complicada. 

Contemos las parejas –alcanza con las que conocemos–, que después de treinta años siguen enamoradas, sexualmente activas y satisfechas. Contemos las que no. ¿Cuáles son mayoría? ¿Cuáles son la abrumadora mayoría? Como tenemos la mala suerte de vivir en una época en la que las estadísticas son definitorias, sería honesto dejar de repetir siempre lo mismo y hacerse una pregunta: ¿qué es lo normal, que todo el mundo viva feliz o que el amor apasionado tienda al fracaso?

Si nos bajamos de la ilusión y miramos con los ojos abiertos nos enfrentamos a una verdad: las novelas de amor son mentirosas y lo que suponemos que funciona fenómeno, por lo general, falla. (Aprovecho la oportunidad para decir que lo normal y las estadísticas son dos conceptos de lo peor.)
Es cierto, hay veces que todo sale bien, pero es una proporción igual a la que existe entre los que juegan al fútbol y los que llegan a crack. El ejercicio del amor en una situación estable, durante mucho tiempo y con la misma persona es algo reservado sólo para algunos pocos.
Hecho el diagnóstico y con la intención de que no se cayera todo a pedazos, hubo que proponer una salida para el atolladero de las relaciones. El romanticismo era ineficiente. A los varones, desgraciadamente, a la larga nos terminaba por resultar pesado. El erotismo, en cambio, calificaba como una solución tentadora.

Nos convencimos de que con una sexualidad plena se resolvían los problemas de pareja y sobraba para alcanzar la felicidad absoluta y la realización personal. Imposible resistir. Además, con razón, se emparentó al sexo con la idea de libertad.
La pregunta es entonces: ¿por qué, si hay menos inhibición y se pone tanto el acento en el erotismo, las parejas duran muchísimo menos de lo que duraban antes? Si ésa era la solución, ¿no tendría que haber sido al revés?

Como es un tema delicado vale aclarar que de ninguna manera la salida es el retorno a la era de la moral. Pero tampoco vale pensar que está todo resuelto. El erotismo es el erotismo, el amor es el amor y la pareja, la pareja. No son lo mismo. El amor y la pareja no aseguran erotismo y la sexualidad puede ser fantástica pero no sirve, incluso con la mejor buena voluntad, para reparar al amor. Tampoco garantiza la pareja, que se caracteriza, justamente, por la falta de garantías. Ni siquiera ahora, un tiempo en el que pareciera que el sexo ha derrotado al amor y se ha convertido en la verdadera unidad de medida.

De la misma manera en que nacemos hablando un idioma, lo hacemos también en un medio que nos condiciona a pretender, con la misma persona, amor, sexo y hogar. Una mezcla que ha demostrado ser altísimamente frágil y que sólo logra estabilizarse eliminando alguno de sus componentes. Pero es la época que nos ha tocado en suerte. Una tan imperfecta como cuando los matrimonios se arreglaban y el amor y el sexo quedaban relegados pero, llamativamente, la mayoría tenía una familia sólida. Eso sí, una familia que hoy nos resultaría imposible.

 
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