Año 8 - Número 61

Tendencias

Jardín se alquila

Por Marcela Basch

En otras partes del mundo es común que los habitantes de las ciudades puedan alquilar un lindo terrenito para plantar flores, hortalizas y todo lo que se les ocurra. Una experiencia fascinante que todavía no se ha difundido lo suficiente por estas tierras.


–Sigue sin llover –dijo Laura, mirando por la ventana. –Vamos a tener que ir a regar el jardín.
–¿Un jardín? ¡Qué lindo! Dale, quiero verlo, te acompaño –me entusiasmé.
–Esperemos a que vuelva Toomas, contestó. Así vamos los tres con el auto.
Y ahí me desayuné que el jardín de Laura no queda en el edificio de su departamento, sino a unos cuatro kilómetros, en la isla de Lucavsala, sobre el río Daugava; bien en el centro de Riga, la capital de Letonia. Y de paso, me explicó que no es exactamente un jardín, sino más bien una huerta. Problemas del inglés, lengua vehicular que nos comunicaba sin ser la suya ni la mía, y que no diferencia un cantero con malvones de una plantación de zapallitos.

Igual, en la huerta de Laura no encontré zapallitos, sino lechuga y algunas plantas aromáticas; lo más comestible eran @berries@ de todo tipo y color, desde frutillas a otras irreconocibles para un nativo del hemisferio sur. Y había un manzano enorme que daba frutos y también sombra. Y, sobre todo, reinaba un olor indefinible, casi un olor @verde@ que se amalgamaba con audio al tono: pajaritos. Se respiraba distinto en esa isla loteada en parcelas de cincuenta por diez, que se rentan por precios irrisorios: unos 80 euros por año. La huerta de Laura, en realidad, también era un jardín: inflando el pecho de orgullo me mostró unos pimpollos lilas. Mientras su novio desenroscaba la manguera para regar, ella dijo que había alquilado el terreno para poder volver a oler esas flores, las mismas que tenía su mamá en el jardín delantero de su casa. “Yo soy del campo. Si no veo verde, si no huelo esto de vez en cuando, colapso”.

Yo no soy del campo, pero a pesar de eso –o quizás precisamente por eso–, entiendo muy bien ese sentimiento.

EL SISTEMA
A mí el jardín de Laura me resulta bastante parecido a la tierra prometida. Al menos es tierra. Permite plantar verduras y también amansar las horas en ese continuum verde, ya que el área cultivable es de 500 metros cuadrados, pero el visual, olfativo y auditivo es mucho mayor; está hecho de centenares de parcelas unifamiliares, arrendadas por el estado a quien quiera cuidarlas.

Le pregunté a Laura si había sido muy difícil conseguir el terreno; imaginaba largas listas de inscripción, sorteos anuales donde nunca hay suerte, eventualmente alguna coima. Pero no. Me dijo que sobran lotes. Que nadie los quiere, o peor, que nadie sabe que aún están ahí. Que los ciudadanos de Riga asocian estas huertas arrendadas al Estado con las políticas comunistas, y por lo tanto no quieren saber nada; 1991 –año que marcó el fin del comunismo en Letonia- todavía está muy cerca.

Tiene sentido: el que se quemó con la socialización de la tierra ve un loteo comunitario y llora. Pero entonces me acordé de que no era la primera vez que escuchaba hablar de @allotment gardens@, es decir huertas alquiladas. Mi tía de Londres –un lugar insospechable de comunismo, si los hay– ya lo había mencionado. También en Helsinki, esa ciudad que siempre está mirando por sobre el hombro a ver si se le vienen encima los rusos, me contaron de agricultura familiar en tierras rentadas. Parecía funcionar. Y hasta en Varsovia descubrí una miniplantación en medio de un suburbio.

Leo en Wikipedia que en realidad la “tradición nórdica” de los jardines de alquiler empezó en Dinamarca. Los daneses, cuándo no; debí haberlo imaginado.

HISTORIA DEL BROTE

Parece que hay que ser sudaca para sorprenderse con algo tan común como un jardín rentado. Según la Wiki, al menos, hay @allotment gardens@ en buena parte de Europa –desmejorando hacia el Mediterráneo–; la Office International du Coin de Terre et des Jardins Familiaux, con sede en Luxemburgo, declara hoy más de tres millones de afiliados. Habrían comenzado en el siglo XVIII, en el Reino Unido y en Dinamarca, y se popularizaron como una buena opción para cubrir dos grandes necesidades urbanas: vegetales frescos y esparcimiento, en sentido literal. En Alemania crecieron en el siglo XIX, cuando la industrialización llevó a verlos como una solución de “seguridad alimentaria” (@food security@) para las clases trabajadoras; los beneficios secundarios eran que los chicos jugaran en un ambiente sano y los padres se entretuvieran lejos del alcohol.

En tiempos de guerra, hasta la reina de Inglaterra cultivó el jardín trasero del Palacio de Buckingham (aunque se sospecha que su equipo de jardineros le habría dado una manito). Los Estados Unidos y Canadá se llenaron de @victory gardens@, donde toda ama de casa podía sentir que estaba ayudando a las tropas desde el “frente doméstico”, y hasta Eleanor Roosevelt plantó en la Casa Blanca; pero hay que aclarar que allí no eran terrenos rentados por los municipios, sino  jardines privados o parques públicos. La vieja escuela.

Se cuenta que la sueca Anna Lindhagen, muy entusiasta del sistema, se lo habría recomendado a Lenin en 1917, pero él lo despreció: lo que menos necesitaba el proletariado era entretenerse con jardinería y colgar la revolución. 

OTRAS GUERRAS
Hoy la reina de Inglaterra vuelve a tener un @allotment garden@ en Buckingham, según reportó la BBC en junio de 2009. El objetivo ha cambiado un poco. Ya no se teme un bloqueo de víveres, pero la soberanía alimenticia es cada vez más importante, así como el interés por comer sano, conocer el origen de lo que se consume y reducir las emisiones de carbono del transporte de verduras. También Michelle Obama dedicó una parte del jardín de la Casa Blanca a un @community garden@, es decir una huerta comunitaria como las que se pueden ver entre los edificios de Nueva York, donde los vecinos comparten pila de compost, cuidados y –eventualmente– frutos.

Pero parece que el mejor lugar para conseguir un buen terrenito sigue siendo Riga nomás, donde el espacio aún sobra. En casi todos los otros países se reporta lo imaginable: larguísimas listas de espera, que pueden demorar hasta quince años. El encargado del National Society of Allotments and Leisure Gardeners del Reino Unido dijo que es probable que algunos jardineros “consigan un lote funerario antes que un jardín”.
 
Y POR CASA
América latina: grandes extensiones despobladas, megalópolis contaminadas, sobreexplotación agrícola.   La agricultura urbana todavía suena aquí a delirio hippie, entre lo naïf, lo ridículo y lo contracultural. Hay cursos de cómo armar una huerta, sí, dictados por voluntarios y en sitios bastante alejados de la ciudad. La otra opción es la maceta en el balcón; en el noticiero del mediodía hablan de esto enganchándolo con Japón, que siempre da el toque moderno, y los techos verdes. Muestran como ejemplo el CGP2, de Recoleta, donde instalaron uno. Bien por ellos. Yo también quiero.
La buena noticia es que el INTA, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, ofrece desde hace añares el programa Pro Huerta, con consejos y semillas para armar una plantación autosuficiente hasta en el ventiluz del baño. La mala es que la tierra, en esta ciudad casi sin espacios verdes y con más de diez mil personas sin techo, andá a pedírsela a Montoto. Y andá con tiempo.

Sin embargo, con un poco de imaginación, de vez en cuando es posible dar con algún espacio. Por ejemplo, abandonado junto a las vías del tren. En 2002, un grupo de voluntariosos halló un terreno de diez por diez –la quinta parte del jardín de Laura en Riga–  al costado de la traza del Sarmiento, muy cerca de la estación Caballito. Lo limpiaron, lo cultivaron; lo bautizaron Huerta Orgázmica. Invitaron a los vecinos, dictaron cursos autogestivos y repartieron la cosecha, a pura  ingenuidad y ganas. Hasta que el 18 de mayo de 2009, la Unidad de Control del Espacio Público del gobierno porteño entró con cincuenta policías, un carro de asalto y dos topadoras. No dejó zapallo con cabeza; al día siguiente era un baldío. A los que se quejaron, represión, hasta el hospital.

Hoy queda una huerta en Saavedra, otra en Ciudad Universitaria, alguna más. No serán lotes públicos rentados de forma sistemática, pero al menos enseñan, estimulan y promueven el intercambio de semillas.

BOMBARDEO VERDE
La facción más pragmática de esta militancia verde es la “guerrilla huerta” que propone el grupo Articultores. Siguiendo la técnica de bolas de arcilla del japonés Fukuoka, paladín de la permacultura, crean “bombas de semillas” que pueden llegar a contener hasta cien especies mezcladas en tres centímetros de diámetro. Las bombas se diseminan por todo espacio con tierra de la ciudad: canteros, el parquecito delantero de algunas playas de estacionamiento, ciertos sectores de plazas públicas. La idea es devolverle a la tierra su posibilidad de alimentar, esté donde esté.

Con qué poco se siente uno un revolucionario. Basta que las autoridades se hagan los sotas para que plantar tomates sea un hecho subversivo. Sin duda es difícil socorrernos a nosotros, los urbanitas Sin Tierra, sin por eso postergar aún más a los Sin Tierra ni Techo ni Paredes ni Colchón ni Canilla. Pero habría que buscarle la vuelta, porque lo que aquí se interpreta como ilegal, en otros sitios es política de Estado.

 
CONTECTATE CON LMDMV