Año 8 - Número 61

Lo arreglamos en la cama


Asexuales: orgullo A

Por Renée Kantor

Hetero-, homo-, bi-, ¿por qué no a-? Ante la mirada extrañada de muchos que los piensan como verdaderos freaks, ellos se presentan como el lado B de una sexualidad banalizada y proclaman su derecho a vivir sin placer sexual. En una época donde la voluptuosidad y la sobreexhibicion parecen las únicas vías posibles, los asexuales inquietan.


En este vasto mundo de vergas, porno y sex shops, un grupo reivindica lo que parece inimaginable: que el sexo les resulta tan atractivo como contemplar un junco. Las fantásticas proezas de Rocco Sifredi los deja de mármol y el coito les resulta un trabajo forzado. Se trata de los asexuales, aquellos que se organizan para señalar que este universo de films porno, gang-bang, travestis, prostitutas, swingers, multiamores, queers, de gente gozando sola, de a dos, en ménages-à-trois y de a cuatro, en orgías desenfrenadas, y poblado de otros extraños personajes y costumbres de la vida sexual moderna, no les interesa. Esa gran obsesión occidental que es el sexo, sencillamente les resulta indiferente. No se trata de un grupo de fanáticos religiosos, sino de gente reunida alrededor de una única evidencia: fornicar les da igual.

Apoyado contra una baranda callejera hay un hombre vestido de negro. Del bolsillo de su pantalón cuelga un pedazo de la tela del forro y, debajo de su suéter, se adivina un vientre laxo y relleno. Está mirando la pantalla de su celular cuando le pregunto: “¿Eres Dexter?”. Dexter –como la serie televisiva americana– es el seudónimo que utiliza en el foro donde lo contacté. Nos dimos cita esta tarde en la puerta de un bar-hotel de Clermont Ferrand, una pequeña ciudad de unos cien mil habitantes, ubicada en el centro de Francia. Dexter me inspecciona con sus ojos azules, luego me da la mano y la sacude con prudencia. Es un saludo blando. Sentado a la mesa del bar, pide un jugo de naranja y decide revelar su verdadero nombre: Lionel. En las paredes del lugar hay acuarelas y sobre las mesas un pequeño racimo de flores artificiales. Bajo las mangas de su abrigo asoman unos brazos blanquísimos y lisos. Lionel es lampiño como un bebé. Tiene 29 años, pero parece alguien sin edad. Es una cruza rara entre niño y adulto. Nuestro primer tema de conversación es su pasión por los juegos de video. Lionel pasa hasta quince horas por día frente a la pantalla de su ordenador jugando a MMORPG, un subgénero de los juegos de rol, en el que miles de participantes se sumergen en un mundo imaginario de forma simultánea e interactúan entre ellos. En su mundo virtual, Lionel es un ángel negro, perteneciente al mundo del mal que lucha contra los ángeles blancos y buenos. Mientras acomoda su cabeza sobre su mano doblada como el Pensador de Rodin, la luz blanca del bar acentúa su aire fantasmal. Sus ojos son angostos y parecen inmóviles, como los de un muñeco.

Mientras Lionel mira su vaso con los ojos fijos, ingresa al bar otro miembro del foro de asexuales. Se llama Guillaume Andrieux, el único participante de ese foro en mostrarse con su foto y su verdadero nombre y apellido. Es la primera vez que se encuentran personalmente. Se dan la mano y se examinan. Están un poco tensos y curiosos por saber algo más de la vida del otro. Tienen algunas cosas en común: ambos se acercan a treintena (Guillaume tiene 28 años), viven en la misma ciudad, los dos piden como bebida un jugo de naranja y se dicen asexuales. Pero entre ellos hay un abismo fundamental: Guillaume es virgen y Lionel perdió la virginidad cuando tenía 17 años en un encuentro rápido, empujado por la insistencia de su mejor amiga.

–Estábamos solos en su casa. Fue atroz, un verdadero horror, no sentí ningún placer y supe que nunca más volvería a vivir una situación semejante –dice Lionel, mientras se pellizca la piel alrededor de la mandíbula.

Guillaume bebe silenciosamente sin dejar de observarlo. El propietario del bar sale de la órbita del mostrador y sirve un café. “Tengo una libido” –dice Guillaume–. “Descubrí los videos porno cuando era un adolescente, me masturbaba seguido y lo sigo haciendo, no tengo ningún problema con eso. Soy un onanista asumido. A mí lo que no me interesa para nada es la relación sexual entre dos personas. Me masturbo pero no lo hago cada cinco minutos, no soy un fanático. Es un acto mecánico. Mi cuerpo –aclara– funciona perfectamente.” Gianni, el seudónimo de un asexual de cuarenta años que sólo aceptó responder a través del correo electrónico, da una explicación más gráfica: “Me masturbo, pero no encuentro ningún placer. Es sólo una acción comparable a limpiarse los mocos”.

DERECHO A VIVIR SIN PLACER
¿Estaremos frente a un cuarto sexo? ¿Al nacimiento de un Hombre Nuevo? ¿Será este movimiento el lado B de una sexualidad que se banaliza? Aunque ciertos sexólogos y especialistas de las ciencias sociales difieren sobre lo que encierra el término asexualidad, el psicólogo Anthony Bogaert, profesor de la universidad de Brock en Canadá, la define como una ausencia de atracción sexual. Esto incluye a gente que no tiene ningún deseo sexual, o que lo considera una necesidad fisiológica y practican la masturbación sin sentir deseo. Entre los asexuales, algunos se enamoran, otros no sienten ningún sentimiento amoroso, y los hay también que tienen relaciones sexuales sólo para satisfacer a su pareja. El estudio de Bogaert, publicado en 2004, indica que sobre una muestra de más de 18 mil personas interrogadas, el 1 % respondió de modo afirmativo a la cuestión “jamás sentí atracción sexual hacia nadie”. Sin ser definitiva, esta cifra es un buen punto de partida para estimar el número de asexuales en el mundo. 

Lionel levanta el jugo, que se traga de una sola vez, mientras Guillaume lo observa con curiosidad. Su barba es rubia con reflejos rojizos y la cabeza es lisa, como acerada. Cuando mira a su interlocutor lo hace con firmeza y le gusta exhibirse como objeto de estudio. El psicoanálisis propone sublimar el sexo, reemplazarlo por otra actividad. Es lo que hace Guillaume. Tiene un doctorado en deportes y su vida está organizada alrededor de las horas que él consagra al roller hockey, su deporte favorito. Su asexualidad es, a la vez, un hecho y una provocación arrojada al universo femenino: “A mí el sexo no me atrae para nada, pero en cambio me gustaría vivir en pareja. Me inscribí en sitios de encuentro y en mi perfil dejé bien en claro que soy asexual. Algunas mujeres se acercan creyendo que me podrán cambiar. Pues bien, ¡les deseo mucho coraje para lograrlo!”, dice, divertido. Guillaume no fuma, no bebe alcohol, y es capaz de abandonar una deliciosa porción de torta porque percibió el gusto a licor. Tampoco toma café, ni té. Lleva una existencia sana y almidonada como un cuello de camisa.

El encuentro entre Lionel, un “nerd” con aires de viejo solterón, y Guillaume, con sus momentos de lucidez atormentada, puede dar la impresión de estar ante un dúo unido por alguna variante de la salud mental. Gente, de un modo u otro, monstruosa. Lo perturbador, sin embargo, es que no lo son. Hay algo de banal en el fanatismo cibernético de Lionel, o en la obsesión controladora de Guillaume que lo condena a vivir como un rehén del tiempo. Sin embargo, su asexualidad revela una fisura que los vuelve freaks, marginales. En una época donde la voluptuosidad y la sobreexhibicion parecen las únicas vías posibles, los asexuales inquietan. Ellos juzgan al sexo trivial y desagradable. Cuando afirman que la suya es una de las tantas variantes del destino humano, se les dice que eso no puede ser así. La asexualidad debe –tiene que– ser el nombre de sustitución dado a la represión sexual, a una homosexualidad no asumida, a personas que padecen una mutilación emocional considerable. Sobresalta escucharlos reivindicar su total ausencia de deseo como una identidad sexual más: habría homosexuales, heterosexuales y asexuales. Una visión comunitaria desde la que proclaman su derecho a vivir sin placer sexual. En Estados Unidos algunos se definen como “amebas humanas” (esos organismos que se reproducen a sí mismos sin copular), y se organizan para celebrar en el futuro una multitudinaria A-Pride.

NADIE DICE TE QUIERO
Pero lo que puede parecer extravagante, es un fenómeno que se amplifica. El alma máter del movimiento asexual es el joven americano David Jay, creador en 2004 de AVEN (Asexual Visibility and Education Network) la versión americana del principal sitio web de los asexuales. David Jay fue uno de los primeros en hacer su coming out y explicar que ser A (así se identifican entre ellos, como los anoréxicos) es una orientación sexual más. ¿Hay una relación entre asexualidad, frigidez e impotencia? ¿Se trata de una enfermedad? “De ninguna manera”, responde el sexólogo francés y consultor de la OMS (Organizacion Mundial de la Salud) Jacques Waynberg a un portal especializado en sexo, “se trata sólo de malos alumnos del sexo, no tiene nada de patológico. Tanto en el sexo como en otras disciplinas de la vida, hacen falta talento y trabajo. Los asexuales no quieren trabajar: los aburre, los cansa y su profundo desinterés por el sexo viene probablemente de su poca aptitud para disfrutar. Hay algo obsceno en sus reivindicaciones, un poco como si los ineptos formaran un grupo de ineptos para encontrarse entre ineptos y consolarse en la autosatisfacción. Ellos manifiestan desapego por el placer sexual. Después de todo, ¿por qué no? Lo que es insoportable es que lo reclamen como un derecho”. Lionel integra AVEN desde hace cuatro años. Entonces supo que había en el mundo gente como él, y gran parte de la presión que sentía desapareció. Es que durante su adolescencia sufrió la indiferencia y bromas de sus compañeros. Recuerda la vez en que estaba en la casa de un amigo junto a otros varones invitados. Un pequeño grupo de adolescentes distendidos, hasta el momento en que todos se pararon de un golpe para observar a un grupo de chicas pasar. El único que permaneció inmóvil fue Lionel. Y, en la patria despiadada y viril de la adolescencia, eso no se perdona. Desde aquel día pasó a ser el gay de la clase. “Entonces”, rememora Lionel, “la homofobia en la escuela estaba muy presente”. El mozo limpia la mesa de al lado y le sonríe, pero Lionel no le devuelve la sonrisa. Desvía la mirada con discreción y continúa: “A mí el sexo no me interesa para nada. Cuando mis compañeros en la adolescencia se interesaban en las chicas y sólo hablaban de sexo, a mí lo único que me interesaba era la informática y los juegos de video”. Ni siquiera se masturba como un acto higiénico. Para Lionel, el cuerpo, la carne, es una entelequia, una vaguedad. Los cuerpos reales, su mundo real, es el mundo virtual. No trabaja, aunque pronto va a iniciar una formación para ocuparse de la gente mayor. Es lo que hizo durante años su madre, quien también pasa largas horas frente al ordenador jugando a juegos de estrategia, totalmente ajena e ignorante de la condición de su hijo.

Mientras habla, Lionel mira como agazapado y algo oscuro resuena en sus palabras. ¿Cómo habrá sido su mundo afectivo? ¿Habrá una forma de educación común entre los asexuales? ¿Cómo son los días sin que el roce de la piel desnuda del otro lo turbe? ¿Qué conocen de la ternura física gente a quien nadie tomó entre sus brazos? “No recuerdo haber vivido grandes efusiones afectivas con mis padres”, cuenta Guillaume. “Hace algunos años, y gracias a los filmes, comencé a hacerme algunas preguntas. Yo veía cómo en las películas se escuchaba muy seguido la frase ‘te amo’, sobre todo en los filmes americanos. Me decía que debía ser una característica cultural anglosajona, una manera diferente de la nuestra aquí en Francia. Era algo que me llamaba la atención, y pensaba: A mi alrededor no nos decimos esas cosas”.

Lionel lo mira atento, como quien no puede dejar de estar de acuerdo.
–A mí nunca me dijeron te quiero, te amo. En mi familia somos reservados, no nos tomamos de la mano ni nos abrazamos, ni cosas así –dice Lionel.
–¿Qué es el sexo para ustedes?
–Una carga –resume Lionel.
–Algo sin interés –agrega Guillaume.

PARQUE DE DIVERSIONES
Guillaume parece un hombre completamente apartado de todo lo que pueda ser considerado como ternura o afecto. Parece, a la vez, lejano y serio. Mientras observa sus propios pectorales que se dibujan bajo su apretado suéter rojo, confiesa sus ganas de que alguien descifre por fin su caso. Es que empieza a sentir su asexualidad como un desperfecto, una pieza desajustada que empaña su proyecto de encontrar una compañera con quien compartir todo, menos la cama. Un profesional le recomendó un psicólogo, a quien piensa enviarle toda su historia escrita en su blog. Para ahorrar tiempo. Es que así es como le gusta hacer las cosas: en orden.

–No me interesa cambiar sino saber de dónde viene está característica. Vamos a ver qué encuentra el profesional, qué preguntas se hace y cómo me puede ayudar a reflexionar –dice como quien lanza al pensamiento un desafío imposible. Guillaume es hijo único, a su padre no lo ve desde hace años, y la escasa comunicación con su madre se resume a temas banales como el clima.
–¿Tienes alguna idea de cuál podría ser la razón de tu asexualidad?
–Quizás se deba a mi deseo, desde pequeño, de ser una persona seria, responsable, estudiosa. Nunca bebí alcohol, ni fui a una discoteca. Debe ser el miedo a perder el control –asevera, entusiasmado por su propio argumento.

Para Guillaume la vida parecería ser una sucesión de eventos a organizar. Su semana está cronometrada, como si temiera perder pie: lunes club de roller, martes cine club, miércoles y jueves entrenamiento, fines de semana alguna salida con los miembros de un sitio web que agrupa a solos y solas. Aunque últimamente comienza a preguntarse si, entre la vida y la muerte, no habrá algo más que la rutina. También lee sobre teología, no por convicción religiosa, sino para encontrar más argumentos para desatar su furia anticlerical que no sabe explicar de dónde le viene. Los asexuales no aspiran a alcanzar el éxtasis a través del ascetismo, como los santos. No se trata de un severo ejercicio espiritual. Tampoco hay ningún goce en la abstención, porque no hay deseo. Sus acciones, sus respuestas, parecen responder a un ritmo exclusivamente cerebral que nada altera.

Puede parecer una paradoja, pero existen parejas formadas por asexuales, como el caso de Paul Cox quien en una columna publicada en el diario The Guardian contó las felicidades de su recién inaugurado matrimonio. Bajo el seudónimo de Soleil una asexual cuenta, a través del correo electrónico, que está casada con un “sexual” –su visión del mundo es dual, se condensa en sexuales y asexuales– y que para ella haber concebido a su hija de una manera “normal” fue un inmenso sacrificio y que, de haberse definido antes como asexual, seguramente hubiera recurrido a la fecundación in vitro. Yves, un ingeniero de 55 años, padre de tres hijos y casado hace más de veinte años, escribe que fue capaz de procurarse erecciones sólo para procrear. Su mujer lo acepta así y, para compensar la ausencia de coito, suele masturbarse contra su cuerpo desnudo. A Yves le parece una delicada forma de amarse. Para Lionel, en cambio, los hijos pertenecen al mundo de la ciencia ficción que tanto le apasiona. Los críos le parecen seres molestos, aliens insufribles. Tiene una sobrina de un año y medio “a la que no puedo soportar”, confiesa con esa timidez que lo sujeta entero. En cambio Guillaume cree que lo ideal sería adoptar un pequeño de entre ocho y doce años “cuando los niños son más interesantes”. La evocación de la paternidad les despierta risa. Guillaume está dispuesto a intentar una relación sexual con el fin de procrear. Hasta ahora, el amor por una mujer es un mundo ignoto para él. “Es que siempre creí que si uno se enamoraba estaba obligado a mantener relaciones sexuales”, explica. Y eso, hacer el amor, sería para Guillaume como entrar en contacto con un horror abominable. Y dice que la palabra amor no representa gran cosa en su vocabulario. Prefiere llamarlo “amor social”, algo así como un pacto entre amigos que comparten salidas, distracciones y comidas.

Ahora la noche está llegando, el mozo se acerca y crea una pausa en la conversación. ¿Se harán amigos Lionel y Guillaume luego de este encuentro? No lo sé. Los asexuales son gente extraña que dice cosas extrañas. Lionel alguna vez amó, alguna vez dejó que lo tocaran. Soportó caricias, algún beso. Pero duró poco. Estuvo enamorado dos veces, de una mujer y de un hombre. “Soy biasexual”, confiesa sonrojado. Es que el universo de los asexuales es una constelación de opciones. Están los hetero, los bi y los homoasexuales, los románticos y los arrománticos. Cuando tenía veinte años se enamoró de su profesor de informática. Un amor romántico donde el cuerpo del otro es objeto de admiración, el amor entendido como un exceso de belleza. “Aquella vez, el enamoramiento se pareció a contemplar un cuadro hermoso. Fue como estar atraído por una obra de arte”, explica Lionel. Entonces aceptó algún beso, pero cuando su compañero “sexual” quiso más, la relación se terminó.

Ambos están ahora silenciosos, sólo se oye el ruido leve y metálico de un mozo recogiendo botellas de las mesas vacías. A veces, los miembros del foro se encuentran y organizan un picnic, o toman un café en un bar, o van a un concierto o, como hace unas semanas, visitan EuroDisney. Lionel fue al parque de diversiones, Guillaume en cambio no pudo viajar hasta París. “Lo pasamos muy bien, fue divertido”, cuenta Lionel. ¿Será la asexualidad un modo de permanecer en la infancia? Intercambiar el sexo, ese terreno donde se acumulan gozos, conflictos, riesgos, ambigüedades, y contradicciones, por un parque de atracciones. Existir como personajes que deambulan por una versión simulada de la vida.

 
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