Año 10 - Número 69

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Final


Represores Suicidas

Por Eugenia Zicavo

En Argentina, no son pocos los represores que deciden acabar con sus vidas. ¿Remordimientos? ¿Cargos de conciencia? En absoluto: la amenaza de las condenas que se acercan con la reapertura de las causas judiciales. Lo único malo de estas muertes es la cantidad de verdades que se llevan con ellos.



Se pegaron un tiro, tomaron cianuro, escribieron cartas de despedida: muchos de los implicados en los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la Argentina decidieron suicidarse antes de tener que rendir cuentas a la justicia. No son pocos. Y los casos se multiplican a medida que se reabren causas que, mientras estuvieron vigentes las “leyes del perdón” (derogadas en 2003), habían librado de responsabilidad a más de un millar de represores. De hecho, los casos de suicidio se dieron entre los formalmente imputados: su especialidad era ultimar vidas ajenas, no sentir remordimientos que los llevaran a acabar con las propias. Los Hitlers y Himmlers vernáculos vivieron serenos e impunes, al menos antes de que la justicia los procesara.

Uno de los primeros en apostar al suicidio fue el prefecto Juan Antonio Azic cuando en 2000, mientras en nuestro país aún regían las leyes de impunidad, el juez español Baltasar Garzón ordenó la captura de unos ochenta represores argentinos. Fue entonces cuando Azic, conocido en la ESMA como “Claudio” o “Fredy”, apropiador de dos bebas nacidas en cautiverio, se arrodilló frente a una figura de la Virgen María y se pegó un tiro en el mentón. Y habrá sido por los rezos, o por la simbología elegida (la religión católica considera al suicidio un pecado mortal –valga la redundancia- de esos que llevan “directo al infierno”) pero lo cierto es que el tiro entró pero no lo mató y, actualmente, cumple cadena perpetua.

Otra fue la suerte del ex agente de Inteligencia Paul Alberto Navone, cuyo tiro en la sien sí resultó certero. En 2008, un día antes de tener que declarar acusado por su supuesta actuación en el robo de mellizos nacidos en cautiverio en 1978 (cuya madre continúa desaparecida) fue encontrado muerto en un hotel de la Fuerza Aérea en Córdoba, donde trabajaba. Se supone que contaba con información clave sobre el destino de los niños nacidos en el Hospital Militar de Paraná, pero sólo dejó una carta en la que le agradeció a su familia por “los momentos vividos”. Nada más.

 

MORIR EN VIVO

Quizás uno de los casos mas emblemáticos, por la espectacularidad de su muerte, haya sido el del ex comisario Mario “El malevo” Ferreyra. Cuando en 2008 un juez ordenó su detención por crímenes cometidos durante la última dictadura, él dijo que a la cárcel no iba a volver. Ya había estado ahí y juró que no iba a entregarse. Estaba subido al tanque de agua de su casa en Tucumán, atrincherado, esperando a que los policías fueran a buscarlo. Cuando los vio llegar, saludó a su mujer y se pegó un tiro en la sien. Un segundo después estaba bañado en sangre. Lo curioso es que toda la secuencia puede verse hoy en Youtube porque una cámara de Crónica TV estaba ahí, subida al tanque de agua, a centímetros de los hechos. La muerte, a puro color, salpicó las pantallas de tv en una suerte de video snuff, con el último aliento transmitido en vivo y en directo, sin cortes ni edición, para toda la familia. “En instantes, se pega el balazo”, anunciaba la primera placa roja de Crónica. En la segunda, la marcha militar que caracteriza al canal había subido el volumen acompañando la primicia: “Se pegó el balazo”. Si hubiera sido el personaje de una novela de Leonardo Oyola, la palabra hubiera sido “obitó”. Pero la escena era demasiado gore. Y demasiado real. Entre el barullo de los presentes, algo distorsionado por el viento, se alcanza a oír desde lejos un grito liberado: “Morite, hijo de puta”.

 

MI TORTURADOR FAVORITO

En 2009 hubo dos casos que se dieron casi en simultáneo: un policía y un ex capitán del ejército se suicidaron en San Luis y La Rioja, cuando la justicia investigaba su presunta participación en asesinatos y secuestros durante la dictadura. El primero, Segundo Wenceslao Garro, procesado por torturador, se disparó en el corazón con un pistolón de caza luego de ser llamado a declarar. Su cadáver fue encontrado varios días más tarde, a diferencia de los muchos desaparecidos cuyos restos aún no tienen paradero. El segundo fue Alfredo Eugenio Marcó, que se pegó un tiro 48 horas antes de que se exhumaran los restos del obispo riojano Enrique Angelelli, cuya muerte “accidental” en 1976 habría sido adelantada por Marcó a detenidos poco antes de producirse, según consta en el informe Nunca más de la CONADEP. Sin embargo, Marcó nunca fue sometido a juicio. No obstante, fue el destinatario de una carta pública titulada “Mi torturador favorito”, escrita por un sobreviviente de los campos de concentración, en la cual lamenta que con su suicidio se haya llevado a la tumba los secretos del crimen de Angelelli y también asegura que él no pudo asesinar al sacerdote ya que, en sus propias palabras: “cuando mataron a Monseñor, él estaba muy ocupado, torturándome”.

 

YO ME SUICIDO, TÚ ME SUICIDAS

El prefecto Héctor Febres se encargaba, entre otras cosas, de preparar el “ajuar” con el que eran entregados los recién nacidos en la ESMA. En 2007, cuando estaba siendo juzgado por varios casos de tortura, apareció muerto en su celda por ingesta de cianuro. Hay quienes especulan que “lo suicidaron” para que no hable. Lo cierto es que aún quedan dudas respecto a si sus “camaradas” (que vigilaban su celda privada en las dependencias de Prefectura) le consiguieron la droga por su pedido o si se la administraron a la fuerza para sellar un pacto de silencio que intuyeron podía quebrarse en caso de resultar condenado. Lo cierto es que ya no habló. Nunca más.

Entre los más conocidos, el caso más reciente fue el de Miguel Ángel Junco. Lo apodaban “ratón” y murió honrando a su sobrenombre: como laucha por tirante, tratando de escapar. Acusado por secuestros, asesinatos y torturas en los campos de concentración Club Atlético, El Banco y El Olimpo, en 2012 se arrojó a las vías del tren para evitar que la policía lo arrestara, cuando el juez Daniel Rafecas ordenó su indagatoria como imputado en cerca de 300 crímenes. La locomotora hizo su trabajo involuntario y Junco falleció en el acto. Entre sus ropas sólo se encontró un papel que decía “Avisen a mi esposa”; el resto de la información se fue consigo.

 

FUE SIN QUERER QUERIENDO

Entre los represores que decidieron acabar con sus vidas, ¿alguno lo hizo por arrepentimiento? ¿Acaso porque no podía seguir viviendo con el cargo de conciencia por los crímenes cometidos? Para nada. Se despidieron de este mundo con las mismas convicciones que los llevaron a rendir cuentas ante la justicia, sólo que eligieron que la mano final que la impartiera (a la que supusieron más clemente) fuera la suya propia. Con el suicidio, sus vidas (y sus muertes) volvieron a quedar en sus manos.

Sobre todo a partir del indulto de Menem, que dejó en libertad a infinidad de criminales de la dictadura, siempre me llamó la atención que a ningún familiar, pareja o amigo de los miles de desaparecidos no se le haya dado por salir un día con un revolver cargado para terminar con sus verdugos. Que ninguno de los sobrevivientes de los campos de concentración, por ejemplo, haya decidido hacer justicia por mano propia ante tanto indulto, prisión de privilegio y juicio trunco. No es que aliente dicha salida ni que crea que esa pueda ser una solución en absoluto. Sin embargo, no deja de sorprenderme. Si por mucho menos, jóvenes perturbados han masacrado a sus profesores y compañeros en varias escuelas del mundo; si Andy Warhol recibió seis disparos en un intento de asesinato de su por entonces amiga Valerie Solanas; si John Lennon encontró la muerte a manos de un fan que decía sentirse “iluminado” por una novela de iniciación de Salinger por lo demás inofensiva. Acá las víctimas de la dictadura escribieron con sus testimonios el “Nunca más” y sin embargo, a pesar del dolor, afortunadamente ninguno salió a matar genocidas. No son como sus victimarios: no matan, no secuestran, no torturan para “hacer justicia”. Si se organizan, es para armar escraches y avisar a los vecinos desprevenidos que ahí, a pasos de su kiosco amigo, vive un criminal que debería estar preso. Mientras tanto confían en los mecanismos del Estado de derecho porque, parafraseando a Eduardo Galeano, “no son como ellos”.

Otro escritor uruguayo, Mario Benedetti, escribió lo que en un primer momento iba a ser la frase que abriera esta nota: “Un torturador no se redime suicidándose, pero algo es algo”. Sin embargo hoy la afirmación me genera reacciones encontradas: por un lado, la inevitable sonrisa cómplice de saber que hay un miserable menos; por el otro, la sensación de una doble impunidad, porque su muerte los deja para siempre mudos, sin la posibilidad remota de que algún día hablen y de que esa información sirva para tapar los muchos vacíos de impunidad en los que respiran, tranquilos, buena parte de los responsables de las atrocidades cometidas.

Actualmente hay cerca de 300 represores condenados y unos 800 procesados que aguardan el juicio oral. Esperemos que fumen mientras esperan. Y que no “se” mueran.


 
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